Decisiones durante el viaje

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2–3 minutos

DE LECTURA

Tomar decisiones en la vida diaria no siempre es sencillo. La duda, la vacilación acerca de lo que es mejor o más conveniente, la incertidumbre sobre el resultado de la decisión y el miedo a optar por lo equivocado son cuestiones que se suelen manejar con atención y detenimiento.

Un viaje casi siempre se construye sobre decisiones. Resolvemos en casa cuándo y hacia dónde emprenderlo, qué visitar, qué llevar, qué hacer y cuándo regresar. Al final, terminamos con un verdadero plan, que vamos a poner en práctica durante apenas unos pocos días o semanas. Es decir, es un plan muy dinámico que se desarrollará a corto plazo y a un ritmo mucho más enérgico que el conjunto de decisiones que nos acompaña cotidianamente.

Como todo plan, esperamos que transcurra de acuerdo a lo previsto. Sin embargo, no siempre es así. Y cuando un plan cambia en pleno viaje, entonces es muy posible que debamos tomar decisiones apresuradas y sobre la marcha.

No vamos a tratar aquí cuestiones límite que obedezcan a una urgencia determinada, sino a situaciones que ocurren comúnmente durante un viaje y que, lejos de frustrarnos, podrían depararnos otros momentos tan agradables como si se desarrollaran según el plan original.

A veces, tendremos opciones y elegiremos cómo compensar el cambio de plan. Si se canceló una excursión, podemos decidirnos por otra. Si un tren no parte debido a una huelga, tal vez nos decidamos por otro medio de transporte que nos lleve al lugar deseado.

Poste señalizador con carteles que indican las distancias a Nueva York, Auckland, Buenos Aires, París y Puerto Varas, con banderas de distintos países.

Otras veces no habrá opción y deberemos adaptarnos a las circunstancias. Pero conviene entender de antemano que lo previsto puede modificarse ya desde el comienzo mismo del viaje.

Imaginemos que el avión que nos lleva a nuestro destino sufre un desperfecto en pleno vuelo y el piloto anuncia que deberá aterrizar en un aeropuerto cuando faltan miles de kilómetros de recorrido. Una vez en ese aeropuerto, nos enteramos de que el vuelo recién podría reanudarse al día siguiente, pero que, entre tanto, se nos brindarán las atenciones pertinentes. Muchos pasajeros harán oír sus protestas: “¡Pierdo la conexión!”, “¡No llego a tiempo!”, “¡Ya pagué el hotel!”, “¡Jamás volveré a usar esta aerolínea!”…

Por supuesto, la situación crea un gran problema para cada pasajero. Pero detrás de la decisión del piloto hubo motivos tan fundamentales como la propia vida, aunque en ese momento de furia no alcancemos a comprender plenamente esos motivos. ¿Se alteraron nuestros planes? Sin duda. ¿Podemos tratar de “poner buena cara al mal tiempo” y pensar qué podemos hacer en esas 24 horas “perdidas”? Sí podemos. Es muy probable que, detrás de ese aeropuerto, una ciudad no planeada en nuestro itinerario nos esté invitando a recorrerla, aunque sea por un rato. O también es posible que podamos entablar una conversación con compañeros de viaje que de otra manera nunca habríamos conocido.

Algunas de las experiencias más gratificantes surgen precisamente cuando algo no sale como estaba organizado.

Y esto nos lleva a una paradoja interesante. Cuanta más experiencia adquiere un viajero, menos necesidad siente de controlar cada minuto del viaje. No porque deje de planificar, sino porque aprende a reconocer el valor de lo inesperado.

Viajar bien no consiste únicamente en seguir un plan.

También consiste en saber que, en ciertas ocasiones, deberemos desviarnos de ese plan y decidir en consecuencia.

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